
Pedro Andrade Rojas fue un arriero cuyo recuerdo y enseñanzas estarán siempre en los
corazones de quienes tuvimos el honor de compartir nuestras vidas con él. Su sabiduria
sobre la adaptación del ser humano a la cordillera, basada en una relación fraterna de
apoyo y confianza con el caballo, traspasó los límites de lo imaginable.
Para mí constituyó un verdadero ejemplo de libertad, presencia y agradecimiento que marcó mi
infancia y adolescencia de manera imborrable, hasta estos días. Rindo homenaje a este hombre que, al igual que muchos otros maestros humildes y sencillos, nos llenan
nuestra existencia de ejemplos de generosidad, entrega y amor.
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